Viva la Revolución
martes, 05 de enero de 2010

 ¡Primero de Enero!

Luminosamente surge la mañana. 
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero 
de la redimida bandera cubana.

El aire se llena de alegres clamores. 
Se cruzan las almas saludos y besos, 
y en todas las tumbas de nobles caídos 
revientan las flores y cantan los huesos.

Pasa un jubiloso ciclón de banderas 
y de brazaletes de azabache y grana.

Mueve el entusiasmo balcones y aceras, 
grita desde el marco de cada ventana.

A la luz del día se abren las prisiones 
y se abren los brazos: se abre la alegría 
como rosa roja en los corazones 
de madres enfermas de melancolía:

Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes  
con trajes olivo bajan de las lomas, 
y por su dulzura los héroes triunfantes 
parecen armadas y bravas palomas.

Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío 
por el ojo alerta del campesinado 
y el amparo abierto de cada bohío.

Vienen con un triunfo de fusil y arado. 
Vienen con sonrisa de hermano y amigo.

Vienen con fragancia de vida rural. 
Vienen con las armas que al ciego enemigo 
quitó el ideal.

Vienen con el ansia del pueblo encendido. 
Vienen con el aire y el amanecer 
y, sencillamente, como el que ha cumplido 
un simple deber.

No importa el insecto, no importa la espina, 
la sed consolada con parra del monte, 
el viento, la lluvia, la mano asesina 
siempre amenazando en el horizonte.

¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño 
de cambiar la suerte. 
¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño 
ni viene asombrado de tutear la muerte!

Los niños lo miran pasar aguerrido 
y piensan, crecidos por la admiración, 
que ven a un rey mago, rejuvenecido, 
y con cinco días de anticipación.

Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos. 
Alumbran su rostro cien fuegos de gloria.

Pasan capitanes, curtidos labriegos 
que vienen de arar en la Historia.

Pasan las marianas sin otras coronas 
que sus sacrificios: cubanas marciales, 
gardenias que un día se hicieron leonas 
al beso de doña Mariana Grajales.

Con los invasores, pasa el Che Guevara, 
Alma de los Andes que trepó el Turquino, 
San Martín quemante sobre Santa Clara, 
Maceo del Plata, Gómez argentino.

Ya entre los mambises del bravío Oriente, 
Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro: 
ya vemos... ya vemos la cálida frente, 
el brazo pujante, la dulce sonrisa de Castro.

Lo siguen radiantes Almeida y Raúl, 
Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas, 
Ciudades heridas, que serán curadas, 
y tendrán un cielo sereno y azul.

¡Fidel, fidelísimo retoño martiano, 
asombro de América, titán de la hazaña, 
que desde las cumbres quemó las espinas del llano, 
y ahora riega orquídeas, flores de montaña.

Y esto que las hieles se volvieran miel, 
se llama... 
¡Fidel!

Y esto que la ortiga se hiciera clavel, 
se llama... 
¡Fidel!

Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel, 
se llama... 
¡Fidel!

y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre, 
y esto, esto que la sombra se volviera luz, 
esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre... 
¡Fidel Castro Ruz!

Jesús Orta Ruíz, el indio Naborí, enero de 1959

 
 
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